Pushkin en la última playa
Hay veces que al mundo se le abren las costuras y podemos vislumbrar ese resplandor primitivo que unos llaman dios, y otros experiencia estética. En términos de Schopenhauer, es la voluntad que se devora a sí misma. Es la puerta que cruza el chamán hacia ese estado primitivo de la mente en el que todos somos la misma cosa. Es el sueño del budista, el nirvana, que no es otra cosa que romper la rueda de las sucesivas encarnaciones para dejar de ser… para disolverse en ese gran uno primigenio como un trozo de hielo al sol en el desierto.
Puede que haya razones lógicas que justifiquen la existencia del arte (económicas, por ejemplo) pero para lo que no las hay es para la experiencia estética, ese algo que uno siente cuando de verdad atraviesa la puerta dimensional que es la obra artística. Ese algo está más allá de toda argumentación, y quien lo ha sentido lo sabe.
Y probablemente no sea más que la reacción de ciertas capas primitivas de nuestro cerebro a determinados estímulos visuales o auditivos, pero lo cierto es que la historia vital de casi todos, o al menos de casi todos los que son capaces de abrir su mente hacia la percepción artística, está surcada por pequeños hallazgos que conectan especialmente con nuestra sensibilidad artística concreta y nos acompañan para siempre.
En mi caso, en música, por ejemplo, desde que lo descubrí no puedo separarme del Slow Waltz and Ending, del disco Three Voices For Joan La Barbara de Morton Feldman. Lo recomendaría si no fuese porque este tipo de conexiones espirituales son tan específicas de uno mismo y sus configuraciones neuronales que lo que a uno sube a una nube para otro puede no ser más que un cúmulo de ruidos inconexos. Y más en la música, que probablemente sea el tipo de arte que más directo penetra en nuestra mente sin pasar por el tamiz de la razón. Es suspensión estética en vena.
Es más fácil compartir las conexiones literarias. Las interminables y aburridas tardes del verano de 1997 me dejaron en herencia un libro, el Curso de literatura rusa de Nabokov. Es la recopilación de los apuntes de las clases que dio el autor de Lolita a mediados del siglo pasado en Estados Unidos. Uno va pasando las páginas, leyendo, comprendiendo, disfrutando, y, de pronto, una luz: cerrando una de las lecciones, un poemita de Pushkin, como quien no quiere la cosa.
Traducir un poema es siempre una forma de profanación, pero el ruso está bastante más allá de las posibilidades de la mayoría de los mortales. Así que ahí va en inglés, según traducción del propio Nabokov (unas líneas después dejaré algo parecido a una traducción al castellano):
I value little those much vaunted rights
that have for some the lure of dizzy heights;
I do not fret because the gods refuse
to let me wrangle over revenues,
or thwart the wars of kings; and ’tis to me
of no concern whether the press be free
to dupe poor oafs or whether censors cramp
the current fancies of some scribbling scamp.
These things are words, words, words. My spirit fights
for deeper Liberty, for better rights.
Whom shall we serve—the people or the State?
The poet does not care—so let them wait.
To give account to none, to be one’s own
vassal and lord, to please oneself alone,
to bend neither one’s neck, nor inner schemes,
nor conscience to obtain some thing that seems
power but is a flunkey’s coat; to stroll
in one’s own wake, admiring the divine
beauties of Nature and to feel one’s soul
melt in the glow of man’s inspired design
—that is the blessing, those are the rights!
La traducción al castellano que dejo aquí es la del traductor al español del Curso de literatura rusa. Si traducir un poema es una traición, traducir la traducción podría merecer la pena capital. Pero al menos ayuda a entender el mensaje, aunque el resultado no sea nada poético:
Poco estimo esos tan cacareados derechos que tienen para otros el señuelo de las altas cumbres, ni me preocupa que los dioses no me hayan concedido pelearme por una renta, o torcer las guerras de los reyes, ni me preocupa que la prensa sea libre para engañar a los simples o que el censor estorbe las fantasías en curso de un tunante de la pluma. Todo eso son palbras, palabras, palabras. Mi espíritu lucha por otra Libertad más profunda, por otros derechos mejores. ¿A quién debemos servir, al pueblo o al Estado? Al poeta no le importa. No rendir cuentas a nadie, ser el propio señor, y el propio vasallo, y sólo a mí mismo complacer, no doblegar ni la testuz ni el proyecto interior, ni la conciencia, a cambio de lo que parece poder pero no es más que librea de lacayo. Seguir tranquilo la propia senda, admirando las bellezas divinas de la naturaleza, y sentir cómo el alma se derrite al calor del designio inspirado del hombre. ¡Esa es la bendición, esos son los derechos!
Y quizá ya no firmaría este poema letra a letra, como cuando lo leí (uno se hace viejo, y cambia su forma de ver las cosas), pero nunca ha dejado de tener un poderosísimo influjo sobre mí, y por si a alguien más le puede aportar algo, con vosotros lo comparto.
¡Buen provecho!




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