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Andaluces en el lodo

Jueves, 26 de Febrero de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

“Cómo te la describiría yo… va siempre pintada como una puerta, parlotea mucho, y cada vez que abre la boca te deja más claro que de cultura tiene más bien poco. Vamos, la típica andaluza”. De este triste modo trataba un amigo de describirme a una persona con la que tendría que encontrarme en poco tiempo. Necesitó unos segundos de silencio gélido para reaccionar: “Ah, perdona, que tu eres andaluz. Yo no digo que todos los andaluces sean así, digo que la tía esta es… la andaluza típica… ya sabes… cateta y hortera… pero no que todos seais así… Hay de todo, como en todas partes”. Y uno intenta no enfadarse, porque a fin de cuentas estas cosas suelen decirse sin pensar y sin mala intención.
Pero nada en esta vida existe sin una buena razón, y si los tópicos perviven es porque nos ayudan a tomar decisiones. Aunque desde el punto de vista de la consideración individual de las personas sea una injusticia, cambiar de acera cuando uno va por una calle oscura en una noche de invierno al ver venir de frente a un tipo con pinta de ladrón es una decisión inteligente. Si nos pasásemos por cualquier comisaría veríamos que hay más chorizos navajeros con pinta de chorizos navajeros que con aspecto de playboys de Montecarlo. Como toda generalización, los tópicos son injustos. Pero siempre hay algo de verdad en el lecho del río que suena, y los andaluces, cada 28 de febrero, más que darnos besitos en el espejo deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo mal.

Tenemos que preguntarnos por qué estamos a la cabeza del paro, a la cola de la renta per cápita, hundidos en innovación, y en absoluta situación de dependencia exterior.

Uno de los inventos más provechosos de la mente humana es el destino, esa poderosa idea por la que aceptamos que nuestro futuro y nuestro entorno son como nos vienen dados, antes en un sentido más fuerte (naces campesino o noble y mueres siendo lo que eras al nacer) y hoy más sibilino (es que aquí no hay nada, hay que buscarse la vida fuera, esta tierra es como es, aquí las cosas funcionan como funcionan). Y siempre con una vital función de estabilización social que hoy en día, pasado ya el tiempo de nobles y vasallos, es poco más que una excusa que nos evita tener que pensar (hacer) nuestro futuro colectivo.

No podemos quejarnos de que no hay trabajo mientras somos líderes europeos en absentismo laboral. No podemos esperar que se cree más tejido productivo mientras educamos a la gente en el PER, la sopa boba, el fraude y las triquiñuelas para cobrar el paro. No podemos pretender la excelencia mientras despreciamos colectivamente el trabajo serio y bien hecho. No podemos desear que aquí las cosas vayan bien y pedir que las soluciones vengan de fuera (que nos den lo de la deuda histórica, que el estado invierta más dinero de las regiones ricas, que vengan fondos de la UE, que ocurra en Écija la segunda venida de Cristo y nos cambie la vida a todos por su palabra). No podemos ir presumiendo como pavos reales de la riquísima historia de nuestra tierra, que la tenemos, y no hacer nada con nuestros índices de lectura, que son de los más bajos de Europa.

Está claro que tenemos problemas estructurales muy serios, que vienen de muy atrás, y que muchos de ellos no son específicamente andaluces. España no estaba a la cabeza de la investigación ni siquiera cuando éramos la primera potencia mundial. En los años en los que los océanos del mundo eran nuestros, la mayoría de los adelantos técnicos en navegación venían de fuera. Aquí hacíamos buenos tratados, buenos resúmenes, pero no añadíamos ni una sola línea de peso al conocimiento momento. Y romper este tipo de inercias no es fácil, pero hay que intentarlo.

Porque Andalucía tiene muchas cosas buenas, pero tenemos también la obligación de conocer nuestros defectos y acabar con todo ese rollo macabeo que tanto nos gusta y tanto daño nos hace de nuestra gracia salerosa, lo rico que está el rebujito, las romerías a caballo y los 3.000 años de historia.

No comprenderé jamás a los que creen que esta tierra es el mejor de los sitios posibles para vivir, que todo lo ven color de rosa, que se revuelcan en el lodo de nuestras miserias con la mayor de las sonrisas imaginables. “Porque como se vive aquí no se vive en ningún sitio”. A quienes así piensan les tengo una noticia, esa frase la he oído, textualmente, en Jaén, en Sevilla, en Valencia, en León, en Asturias, en Madrid, en Castilla, en Cantabria, en Valencia, en Barcelona, en Cádiz, en Andorra y en Lisboa. Y apostaría cualquier cosa que la podría escuchar igual en Rusia, en Etiopía en Sri Lanka y en Sudáfrica. Y todos lo dirían convencidos y con una lagrimita surcándoles el rostro. Como prueba empírica, tiene poco peso.

Es natural que uno se sienta cómodo en el sitio donde ha nacido, y a cuyas costumbres tiene ya hecho el cuerpo, pero en esto hay también un componente de servilismo con el destino propio que hace mucho daño.  Es lo que hemos hecho siempre… y nos ha servido para que nos vaya como siempre nos ha ido.

Querer a tu tierra es también no mentirle, no mentirte. Y si a alguien le molesta lo que digo, pues lo siento, pero más que hacer poemas sobre Andalucía me preocupa que mis hijos no tengan que irse el día de mañana de camareros a Mallorca.

La única deuda histórica de los andaluces es la que tenemos con nostros mismos.

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  1. Jueves, 12 de Marzo de 2009 a las 15:03 | #1

    Tremendo. Con este te has salido, Diego.

    Me gusta mucho como justificas, de forma elegante, que los topicos tengan una validez y sean utiles. Y la reflexion sobre el destino y sobre ese conformismo autocomplaciente, que tan danhino es.

    Como andaluz exiliado (y como espanhol exiliado) puedo confirmar que “como en Londres no se vive en ningun lado” (anhado eso a tu “estudio”).

    Otro lugar comun que me irrita a veces es el de la supuesta “calidad de vida” que hay en Andalucia (y en Espanha). Es un comentario que oigo mucho como respuesta cuando explico que me gusta vivir en Londres.

    Y me irrita porque la gente no parece darse cuenta de que “calidad de vida” es un concepto bastante relativo, y que equiparar “calidad de vida” con “temperatura media” y con “hora a la que cierran los bares” es de un reduccionismo cerril. De que sirve el buen pescaito barato si la oferta cultural es pobre, si una chavala no puede volver a casa sola de noche por temor a ser asaltada, o si necesitas un dia entero para completar una gestion absurda con la administracion??

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